La Azotea
Miraba desde la azotea, a un lado y a otro, insistentemente, miraba y miraba. Buscaba una salida, una entrada, una obsesión, que sin ser obsesiva era lo que querĆa, pero no pretendĆa encontrarlo allĆ ni en ningĆŗn sitio. TenĆa la costumbre de sentarse allĆ, despuĆ©s de cada noche loca, desesperada y desenfrenada, buscando un cómo, un por quĆ© y el cuĆ”ndo. No alcanzaba a comprender cómo, despuĆ©s de tanto tiempo iba y no venĆa, sino por ir, sola, sin sombra ni compaƱĆa, desdibujaba su sonrisa.
QuizĆ”s era aquella brisa, quizĆ”s la sangre que brotaba de su ceja izquierda, pero no lo sabĆa. VolvĆa a mirar, sin saber muy bien, sin haberlo estudiado previamente, pero lo hacĆa y aquellos cincuenta euros tirados en el suelo le hacĆan volver a suspirar.
El taxi no llegaba, tampoco lo habĆa llamado, ni tan siquiera sabĆa el nĆŗmero, quizĆ”s fuese el doce o el veintitrĆ©s, su edad no importaba, realmente no lo sabĆa. Tan solo unos dĆas atrĆ”s, miraba desde la misma azotea, saliendo de uno de los locales de moda y uno de los Ćŗltimos rayos de sol de aquel verano le habĆa dejado agotada, quizĆ”s perdió su virginidad en el futuro, pero seguĆa sin saber muy bien por quĆ© estaba en aquella azotea.
Poco a poco recuperaba el sentido, la cÔmara de seguridad, el ron, las marcas en las muñecas y la colilla en el suelo. Ella no fumaba. Saco una moneda de su bolsillo derecho, limpió la sangre de su ceja con la manga de su camisa destrozada y la tiró al aire.
Recordaba solo calor, sudor y falta de aire. Gritaba, de placer o de dolor, solo gritaba y volvió a mirar las marcas de sus muƱecas. Aquellas, que de pequeƱa le regalaron sus padres, con las que jugaba, sin darse cuenta que el juego habĆa terminado hace tiempo, seguĆa en aquella azotea.
La noche tocaba a su fin, la canción terminaba y las primeras luces, fue las que colocó antes que las segundas, mientras vomitaba. Algo le sentó mal, buscó entre sus apuntes y corrió sin moverse, desabrochó el sujetador y lo lanzó al vacĆo, se sentĆa desnuda. El taxi no llegaba, aunque no recordaba haberlo llamado y aquel dedo inquisidor la seƱalaba como la culpable, sucia, demasiado sucia aquella acera, pero que importaba ya. Vio como su tanga, de encaje, transparente, caĆa tambiĆ©n, al ritmo del latir de un corazón acelerado. Buscaba un motivo para estar en aquella azotea, no lo encontró y saltó.
Mientras caĆa recordaba los golpes, las voces, la melancolĆa de lo que fue y lo que es, de aquello que encontró un dĆa y perdió al siguiente, de su noche de bodas, de la luna de miel. Aquel primer beso en la puerta de casa y el ultimo golpe en la cocina. El vino barato, la camisa sin planchar, la barba de tres dĆas, el anochecer y el despertar agotada por no poder dormir. El susurro, el silencio, las caricias, el descanso al sentir el asfalto en su piel y finalmente, sin oĆrlo, lo escuchó. Una lĆ”grima, el llanto, los gritos, el odio y las flores en la azotea. El cabrón la mató.
QuizĆ”s era aquella brisa, quizĆ”s la sangre que brotaba de su ceja izquierda, pero no lo sabĆa. VolvĆa a mirar, sin saber muy bien, sin haberlo estudiado previamente, pero lo hacĆa y aquellos cincuenta euros tirados en el suelo le hacĆan volver a suspirar.
El taxi no llegaba, tampoco lo habĆa llamado, ni tan siquiera sabĆa el nĆŗmero, quizĆ”s fuese el doce o el veintitrĆ©s, su edad no importaba, realmente no lo sabĆa. Tan solo unos dĆas atrĆ”s, miraba desde la misma azotea, saliendo de uno de los locales de moda y uno de los Ćŗltimos rayos de sol de aquel verano le habĆa dejado agotada, quizĆ”s perdió su virginidad en el futuro, pero seguĆa sin saber muy bien por quĆ© estaba en aquella azotea.
Poco a poco recuperaba el sentido, la cÔmara de seguridad, el ron, las marcas en las muñecas y la colilla en el suelo. Ella no fumaba. Saco una moneda de su bolsillo derecho, limpió la sangre de su ceja con la manga de su camisa destrozada y la tiró al aire.
Recordaba solo calor, sudor y falta de aire. Gritaba, de placer o de dolor, solo gritaba y volvió a mirar las marcas de sus muƱecas. Aquellas, que de pequeƱa le regalaron sus padres, con las que jugaba, sin darse cuenta que el juego habĆa terminado hace tiempo, seguĆa en aquella azotea.
La noche tocaba a su fin, la canción terminaba y las primeras luces, fue las que colocó antes que las segundas, mientras vomitaba. Algo le sentó mal, buscó entre sus apuntes y corrió sin moverse, desabrochó el sujetador y lo lanzó al vacĆo, se sentĆa desnuda. El taxi no llegaba, aunque no recordaba haberlo llamado y aquel dedo inquisidor la seƱalaba como la culpable, sucia, demasiado sucia aquella acera, pero que importaba ya. Vio como su tanga, de encaje, transparente, caĆa tambiĆ©n, al ritmo del latir de un corazón acelerado. Buscaba un motivo para estar en aquella azotea, no lo encontró y saltó.
Mientras caĆa recordaba los golpes, las voces, la melancolĆa de lo que fue y lo que es, de aquello que encontró un dĆa y perdió al siguiente, de su noche de bodas, de la luna de miel. Aquel primer beso en la puerta de casa y el ultimo golpe en la cocina. El vino barato, la camisa sin planchar, la barba de tres dĆas, el anochecer y el despertar agotada por no poder dormir. El susurro, el silencio, las caricias, el descanso al sentir el asfalto en su piel y finalmente, sin oĆrlo, lo escuchó. Una lĆ”grima, el llanto, los gritos, el odio y las flores en la azotea. El cabrón la mató.
Tiene alma. (?)
ResponderEliminarQue contrapunto el leerte,leer algo hermoso,y subir o bajar y leer algo desagradable.Suerte,pero se que vas a triunfar.R.G.C
ResponderEliminarsublime, me recuerda a los relatos de cortazar.
ResponderEliminarun saludo, vega*